DE COLOMBIA PARA EL MUNDO

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Le Corbusier en la Ciudad Universitaria de Bogotá, con los arquitectos Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez Sanabria, Eduardo Mejía y Próspero Chinchilla,1947. .

Boceto de Le Corbusier para el Plan Piloto de Bogotá, 1950, en el cual colaboraron los arquitectos Germán Samper, Rogelio Salmona y Reinaldo Valencia.

Portada del número 100 de la revista “Proa”.
Bogotá, junio de 1956.

Gabriel Serrano Camargo, José Gómez Pinzón, Camilo Cuéllar Tamayo y Gabriel Largacha Manrique, de la firma Cuéllar, Serrano, Gómez y Cia. Fotografía de 1957.

 

El proceso

Un primer hecho importante sucedido en este siglo fué el descubrimiento de la arquitectura como una disciplina autónoma, diferente e independiente de la ingeniería, con el consiguiente reconocimiento del arquitecto como profesional capaz de responder a las demandas del Estado y de clientes particulares. El descubrimiento tomó tres décadas y se ratificó con la fundación de la Sociedad Colombiana de Arquitectos en 1934 y de la facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional dos años después. Otro descubrimiento, simultáneo al anterior, fué el de la planeación como instrumento de ordenamiento urbano. Los planes de “Medellín Futuro” (1913) y “Bogotá Futuro” (1923) pueden considerarse ejemplos pioneros. Karl Brunner asumió la dirección de la Oficina de Planeación de Bogotá en 1934. Le Corbusier trabajó en el Plan Piloto para la capital entre 1949 y 1950, terminado por la firma de Paul Lester Wiener y Jose María Sert en 1951. A partir de esta fecha, fué común contar con oficinas o departamentos de planeación en las ciudades más grandes y se entendió el ordenamiento físico como una de las tareas de los arquitectos. Las recientes leyes de Ordenamiento Territorial consolidan esta línea de acción.

La modernidad, o al menos la modernización, era ya reconocida hacia 1930 como una nueva manera de mirar el mundo edificado, acompañada con nuevas nociones de participación social especialmente en el mejoramiento de la condición habitacional de la población. La arquitectura moderna en sus comienzos se asumió como una forma especial de apostolado, destinado a traer progreso, claridad y orden a aquello que, a ojos de los interesados, era un mundo atrasado y desordenado. A lo anterior se sumó el propósito de cambio tecnológico como apoyo indispensable para la realización de las ideas modernas. El concreto armado fue el primer material demostrativo de la nueva manera de construír. El uso del metal y del vidrio y de las nuevas técnicas en instalaciones eléctricas, hidráulicas y sanitarias se incorporó en este cambio, con la consiguiente aparición y expansión de industrias productoras de materiales y aparatos. Las técnicas artesanales tradicionales no desaparecieron; por el contrario, se sumaron a las nuevas técnicas en una simbiosis que ha perdurado en el tiempo.

La vivienda económica, hoy llamada de interés social, fué un tema referencial en las discusiones y en la práctica de la primera arquitectura moderna en Colombia. El Instituto de Crédito Territorial, el Banco Central Hipotecario y la Caja de la Vivienda Popular fueron tres de las entidades estatales encargadas de proporcionar soluciones de vivienda a los sectores de ingresos bajos y medios. Sus proyectos urbanísticos y arquitectónicos se guiaron por las pautas dadas en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna y por entidades como el Centro Interamericano de Vivienda, establecido en Bogotá en 1951 como apoyo de la Organización de Estados Americanos a la capacitación de expertos en la materia. La construcción directa de vivienda por parte del Estado subsistió hasta 1991, cuando las políticas neoliberales la sustituyeron por el sistema de subsidios, destinado a privilegiar la acción privada.

La relativa felicidad de los logros alcanzados en treinta años de modernización se vió afectada por la imposición en el país de nuevas políticas económicas que, basadas en la importancia de la construcción como factor de desarrollo, instauraron en 1972 la modalidad financiera de las corporaciones de ahorro y vivienda, con el sistema de captación y crédito conocido con la sigla UPAC (Unidades de Poder Adquisitivo Constante). El sistema amparó la asociación de grandes empresas financieras, urbanizadoras y constructoras con el más claro y transparente “ánimo de lucro”, productoras de vivienda en serie, con poca o ninguna preocupación por la calidad y mucho interés en la cantidad. Esta “pesadilla sin fin” ha determinado desde entonces el rumbo de la arquitectura y de la ciudad en Colombia, con resultados entre regulares y malos.

El poder económico puso en condición de inferioridad la capacidad y el talento de los profesionales de la arquitectura. Los gerentes financieros y de ventas asumieron elpapel de conocedores de la verdad acerca de lo que debe y no debe construírse. La lucha diaria entre cantidad y calidad, dignidad profesional y humillación permanente generada por los mecanismos financieros y sus secuelas contrasta con la labor, mucho más reducida en su alcance, de profesionales que gracias a su independencia y talento, defienden todavía aquello que tanto tardó en descubrirse: la capacidad de la arquitectura para generar orden, bienestar y agrado sin ser necesariamente impositiva o costosa. Los grandes maestros de la arquitectura colombiana y sus seguidores sostienen esta creencia y la demuestran con sus obras. Un caso especial lo constituye la nueva arquitectura antioqueña, en la cual se percibe vitalidad, entusiasmo y capacidad de acción y también una manera de mirar la ciudad y la arquitectura diferente de la bogotana, la que fué asumida, con cierta ligereza, como modelo a imitar en otros lugares del país.

Las obras

Las obras de arquitectura del siglo XX en Colombia se pueden agrupar en dos grandes períodos: el fin de la arquitectura republicana y el período moderno, cuya frontera se encuentra alrededor de 1930. Esta división esquemática separa las edificaciones proyectadas bajo la influencia estilística del academicismo, de las obras basadas en los principios de los movimientos modernos de la arquitectura. En el primer período trabajaron varios arquitectos europeos llegados al país por su propia voluntad o por encargos especiales: Gaston Lelarge, Pietro Cantini, Robert M. Farrington, Agustin Goovaerts, Auguste Polty, Joseph Martens. También actuaron algunos arquitectos e ingenieros colombianos formados en las escuelas locales o en el exterior: Mariano Santamaría, Julián Lombana, Arturo Jaramillo, Horacio Marino Rodriguez, Alberto Manrique Martín, entre otros. El segundo período se gesta bajo la influencia de otros extranjeros: Vicente Nasi, Leopoldo Rother, Karl Brunner, Bruno Violi, y se desarrolla con el trabajo de los mejores profesionales graduados en Colombia.

Lelarge fué especialmente prolífico en Bogotá entre 1900 y 1920. En este período proyectó el Palacio Echeverri (actual Ministerio de Interior) (1900-1904), el Edificio Liévano (actual Alcaldía Mayor) (1901), el Palacio de La Carrera (1906-1918, con Julián Lombana ) y el Palacio de San Francisco (ANTIGUA Gobernación de Cundinamarca) (1918-1933, con Arturo Jaramillo ). Al radicarse en Cartagena desarrolló una serie de obras entre las que se destaca el Club Cartagena (1920-1925). Cantini, italiano, proyectó el Teatro Colón (1885-1896) y el Hospital de San José (1904-1925). Goovaerts, arquitecto belga radicado en Medellín, produjo una extensa obra en la ciudad y su región. A él se deben el Teatro Junín, hoy desaparecido (1924) y el Palacio Departamental en Medellín (1925). Joseph Martens, otro arquitecto belga, proyectó el Palacio Nacional en Cali (1925-1933), como parte de los proyectos del Ministerio de Obras Públicas.

La transición hacia lo moderno se inició alrededor de 1930. En las primeras realizaciones, la Biblioteca Nacional de Bogotá, por ejemplo, (Alberto Wills Ferro, 1933-1938) y el Teatro Infantil de Parque Nacional (Carlos Martínez Jimenez, 1936) se aprecia la influencia del Art Deco, estilo moderadamente moderno que influyó también en algunos de los primeros edificios construídos en la Ciudad Universitaria en Bogotá entre 1936 y 1939. El proyecto inicial de este campus (Leopoldo Rother, 1934) muestra una disposición simétrica que recuerda algo del academicismo precedente, aun cuando su espacialidad es netamente moderna. Rother, arquitecto alemán llegado a Colombia para trabajar en el Ministerio de Obras Públicas, fué un entusiasta impulsor de las ideas modernas. Entre 1940 y 1950 realizó algunas de sus más importantes obras en la Ciudad Universitaria de Bogotá, las residencias para profesores (1939-1941), la Facultad de Ingeniería (1943-45, con Bruno Violi) y la Imprenta, hoy Museo de Arquitectura (1947-48). La Plaza de Mercado de Girardot (1946-48) y el Edificio Nacional de Barranquilla (1945) completan un conjunto de excelente arquitectura.

La década de los años cincuenta puede verse como el período de apogeo de la arquitectura internacional y de las grandes firmas profesionales. Es también el período de oro de la construcción en concreto armado, con obras de gran despliegue estructural, y es la década de los ensayos más interesantes en el campo de la vivienda en serie. La iglesia del Gimnasio Moderno (Juvenal Moya, 1954), el Hipódromo de Techo (Alvaro Hermida y Guillermo Gonzalez Zuleta, 1955), el Aeropuerto Internacional Eldorado (Cuéllar Serrano Gómez, 1956-1958) y el edificio Ecopetrol, todos ellos en Bogotá, y el aeropuerto Olaya Herrera en Medellín (Elías Zapata, 1957-1960) son demostraciones del manejo talentoso de estructuras en concreto. La casa de Guillermo Bermúdez proyectada por él mismo (1952) es un ejemplo a pequeña escala del excelente manejo de ese material aunado a una gran sensibilidad espacial.

Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez y Rogelio Salmona son tres figuras definitivas en la configuración de la nueva mentalidad arquitectónica establecida en Bogotá hacia 1960. En sus obras individuales y en algunas realizadas en compañía, demostraron la posibilidad de separarse de las tendencias del funcionalismo puro y proponer formas y espacios diferentes en los que la tradición artesanal de la construcción en ladrillo se prestaba perfectamente para plasmar sus intenciones estéticas. Este cambio de paradigma se puso de manifiesto en los edificios multifamilares El Polo en Bogotá (Bermúdez y Salmona, 1959-60), la Caja de Crédito Agrario en Barranquilla y las casas en el barrio El Refugio en Bogotá (Martínez, 1961-63) y, sobre todo, en el conjunto residencial El Parque en Bogotá (Salmona, 1965-71). La obra de Arturo Robledo Ocampo se vincula a esa tendencia, pero refuerza el componente racional y técnico, sobre todo en planes y proyectos de gran escala. A Robledo se deben, entre otras obras, el Plan Maestro y la fuente ornamental del Parque Simón Bolívar en Bogotá (1979-1994).

El edificio Avianca en Bogotá (1963-1970) y el edificio Coltejer en Medellín (1968-71), ambos de la firma Esguerra Sáenz Urdaneta Samper, inauguraron la tendencia de los “rascacielos” que perduró algo más de una década, fiel a los lineamientos de la arquitectura internacional. En una concepción completamente diferente, la Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena (Rogelio Salmona, 1978-81) es un ejemplo paradigmático de la evolución personal del arquitecto y de su propuesta espacial y constructiva. A partir de esta obra, la labor de Salmona ha seguido una línea ascendente en la que cada obra expande conceptos precendentes y genera otros nuevos, encadenados en una impecable línea de edificaciones importantes, entre las que se cuentan el Museo Quimbaya en Armenia (1986-87), el Archivo General de la Nación (1990-94), el Centro Comunal Nueva Santafé (1996-97) y el edificio de postgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional (1998-99) en Bogotá.

Las obras de Laureano Forero, Oscar Mesa, Patricia Gómez y Santiago Caicedo en Medellín dieron en los años ochenta la pauta para la formación de una tendencia propia en la que se han incorporado jóvenes profesionales con óptimos resultados. El Teatro Metropolitano (Mesa, 1985-87), el conjunto residencial La Mota (Forero, 1982-87) y la casa La Gavilana (Caicedo y Gómez, 1979-81) son ejemplos influyentes en la nueva arquitectura antioqueña. El Centro Administrativo Municipal de Itagüí (Javier Castañeda, Juan F. Forero, y otros, 1996), la Biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana (Javier Vera, 1995-96) y el Cementerio Jardines de Paz (Héctor Mejía, Mauricio García y Felipe Uribe, 1998) son tres de obras demostrativas del enfoque de las jóvenes generaciones antioqueñas. En el edificio de las Empresas Públicas Municipales de Medellín (Carlos Calle y Carlos J. Calle, 1996) se propuso una arquitectura de gran despliegue tecnológico que ha suscitado discusiones y polémicas y que es, de todos modos, un hito en la arquitectura colombiana reciente.

Dos edificios universitarios y un centro recreativo construídos en Bogotá en la última década afirman la tradición de calidad de la buena arquitectura establecida en la ciudad hace ya varias décadas, y que sobrevive pese a los ataques de la mal entendida economía. A Daniel Bermúdez Samper se deben los proyectos del edificio Lleras en la Universidad de los Andes (1992) y del edificio de postgrados de la Universidad Jorge Tadeo Lozano (1996-97). El Centro Urbano Recreativo de Compensar es obra de los arquitectos Daniel Motta y Fernando Rodriguez. Estos tres edificios han sido distinguidos con premios en las tres últimas Bienales de arquitectura.

En esta breve reseña faltan muchos nombres y obras significativas. Falta además espacio para detallar la importante laborr que se lleva a cabo en la recuperación del patrimonio urbano y arquitectónico, en la investigación histórica y cultural y en la experimentación de nuevas tecnologías, tres de los campos que se abren como opciones importantes para el futuro de una profesión que lleva poco menos de un siglo de reconocimiento y ha dejado obras memorables en medio de ciudades devastadas por el utilitarismo

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